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Isla de la Tortuga
"Aquí las capas son sayos/ y los toros bravos, bueyes./ Aquí todos somos reyes/ y todos somos vasallos".
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15 de Diciembre, 2011 · General

Por un plato de lentejas (4 y final): Las grandes preguntas



Más de una vez me he preguntado si, al abordar este tema, estoy poniendo el dedo en una importante llaga o si, por el contrario, estoy formulando una gran banalidad. ¿No estoy, después de todo, señalando una perogrullada? Y, sin embargo, la economía se compone, en un altísimo porcentaje, de puras perogrulladas. En realidad, todo el mundo sabe que no es de "la benevolencia del panadero" de donde debemos esperar el pan sino de su propio interés pues gana su pan proporcionándonos el nuestro (¡y cómo a ningún economista liberal se le ocurrió decir que, en el libre mercado, se cumplen las aspiraciones de San Francisco de Asís ya que "es dando que se recibe"!). Sin haber escuchado una palabra acerca de la "utilidad marginal", mucha gente sabe que "nadie sabe lo que tiene hasta que lo pierde" o que "la mejor acera siempre es la de enfrente". No quiero decir con esto que la economía sea una bobada o, mejor dicho, que toda la economía lo sea. No es tan atrevida mi ignorancia y además, como señaló Orwell, muchas veces los mejores libros son los que nos dicen lo que ya sabemos.

Es importante, sin embargo, mostrar las insuficiencias de esa visión esquemática de las relaciones económicas y sociales que nos proporciona el liberalismo (o la economía clásica, como, a veces, también se dice). En una especie de realidad de videojuego, patrón y asalariado se encuentran e intercambian y todos felices. No es así la cosa. Las relaciones económicas son relaciones humanas. Los sentimientos involucrados son importantes y, como ya dije, padecen una terrible ceguera ("tienen ojos y no ven") los economistas y jurisconsultos que encuentren irreprochable una relación en la cual uno de los involucrados siente que le han hecho trampa, que ha sido timado y vejado y que, finalmente, se le está robando la vida mientras, en los labios del otro, se dibuja la detestable sonrisita del bribón. "El hombre nace libre y por doquier se encuentra encadenado". Ya no estamos en tiempos de Rousseau. "El hombre nace inocente y por doquier es engañado", se le estafa, se le miente, se le usa y se le tira a la basura. No es de extrañarse que, finalmente, alguna vez patee el tablero. Un juego así es un juego violento y tramposo desde la partida. Pero hoy, como ayer, las grandes preguntas son: ¿Por qué es así?, ¿siempre es así? y ¿cómo puede ser de otro modo?

¿Por qué?

El por qué no es difícil de descubrir. Nos lo proporciona ese inmenso baúl de perogrulladas al que ya nos referimos y que se llama economía. Son, principalmente, 2 factores:

1) El principio hedonístico: Es decir, la pauta de conducta por la que todo individuo, en tanto individuo vulgar y en tanto agente económico, procura obtener el mayor grado de satisfacción con el menor esfuerzo posible. Esto, que es una gran verdad en general, lo es aún más en el mercado, donde cada comprador busca obtener la mayor cantidad posible de mercancía por el precio más bajo que pueda conseguir. Llevado al lógico extremo, todo hombre, por lo menos mientras se comporte como homo oeconomicus, quiere obtener el mundo gratis. Un patrón es un comprador de trabajo y, por lo tanto, como todo comprador, querrá obtener el máximo por el mínimo. El máximo será todo lo que pueda dar de sí un hombre (o, por lo menos, todo lo que pueda dar hasta el punto en que sea rentable para el comprador) y el mínimo será, obviamente, lo indispensable para mantener a ese mismo hombre vivo y productivo. Por lo tanto, siempre que se comporte como un hombre de negocios sagaz, todo patrón tenderá a comportarse como un miserable -por no decir como un criminal- y como un enemigo del trabajador. Decir que son socios y que son interdependientes no cambia nada la situación pues también lo eran Heatcliff y Hyndley en Cumbres Borrascosas y ya se sabe cómo terminó aquello. "Para vivir como propietario es necesario apoderarse del trabajo de otro, es preciso matar al trabajador. La propiedad es la gran madre de nuestras miserias y nuestros crímenes; la propiedad, devoradora y antropófaga..." (Proudhon. Carta al señor Blanqui). Sólo lo detendrán en el camino del crimen las leyes del Estado o las del mercado, cuando las haya o cuando se apliquen, pues su propia conciencia difícilmente lo hará. Un buen tipo no podrá seguir siéndolo si no quiere verse arruinado. (1)

2) Lo que podemos llamar la revancha de Malthus o, en lenguaje marxista, la tesis del Ejército Industrial de Reserva: El reverendo Malthus, como todo el mundo sabe, sostenía que la población crece más rápido que la producción y que, por lo tanto, siempre habrá una franja importante de gente condenada al hambre y a la miseria. La "revancha" consistiría en un fenómeno no idéntico pero similar: Cada año, cada mes, cada semana y cada día se incorporan al mercado laboral nuevos trabajadores que "no le tienen miedo al trabajo" y que "están dispuestos a trabajar en lo que sea". Aumenta la competencia entre trabajadores, de modo que "si no estás contento, puedes marcharte, hay muchos esperando ahí afuera". Este factor empujará los salarios hacia abajo y permitirá que ese principio hedonístico se salga con la suya.

Y no es de extrañarse que sea así pues el capitalismo no es sino la extensión de las normas del comercio primero a todas las relaciones económicas y, progresivamente, a todas las relaciones humanas. "... Y no dejó en pie otro vínculo entre los hombres que el del frío interés, el cálculo egoista, el dinero contante y sonante que no tiene entrañas..." (Marx y Engels. Manifiesto del Partido Comunista). En el comercio la norma es "compra barato y vende caro". Es el principio hedonístico campando por sus respetos con más fuerza que ningún otro ámbito. Será, tal vez, por ello, que el Jesús de los evangelios expulsó a los mercaderes del templo y equiparó el comercio con el robo. No habló de "usura" ni de beneficio "excesivo". Expulsó a los vendedores y los acusó de haber "convertido la casa de su padre en una cueva de ladrones".

¿Siempre es así?

Ha llegado el momento, sin embargo, de detenernos un instante y hacer un pequeño giro a la derecha. En la anterior entrega de este trabajo dije que la crítica del capitalismo es más difícil que la del esclavismo o el feudalismo pues, en estos sistemas, existe una coacción directa, brutal y descarada y en el capitalismo no, pues los intercambios no necesariamente ni por definición son de este tipo, ni siquiera en el mercado laboral -salvo que definamos "capitalismo" precisamente como "el sistema de la extorsión sutil" (tal vez hubiera que llamarlo "jacobismo") e inventemos otro término para una hipotética economía de mercado con intercambios predominantemente justos (2). En el mundo capitalista, el agente económico puede tener las intenciones de un depredador pero en la economía, al contrario que en la moral, "la intención no es lo que vale" y lo que importa es lo que el agente económico finalmente haga. Precisamente la visión tanto de Mandeville como de Adam Smith es ésa: Persiguiendo nuestros objetivos como ratas feroces, nos terminamos comportando como honestos castores. ¡La gran paradoja: "Vicios privados, virtudes públicas"!

La extorsión se produce cuando el abanico de opciones de la víctima es limitado. En consecuencia, podemos imaginar, por lo menos teóricamente, una economía capitalista donde esta clase de intercambios no ocurran. Basta, para ello, con que Esaú se encuentre con muchos cocineros compitiendo entre sí para ofrecerle sus lentejas, garbanzos, porotos o arvejas. Es más, en este caso, Esaú tendría la sarten por el mango y podría dictar las condiciones, aunque no serían tan despóticas ni tan vejatorias como las que dicta Jacob, ya que, precisamente en virtud de su situación y de su oficio, los cocineros no se pueden estar muriendo de hambre. A riesgo, una vez más, de ser redundantes, recapitulemos: Las condiciones de la extorsión son a) Opciones limitadas y b) Necesidad extrema. Si hubiese tantos patrones compitiendo entre sí como trabajadores, todos los agentes económicos se verían obligados a portarse decentemente, sin necesidad de medidas de fuerza tomadas desde arriba o desde abajo, desde el Estado o en desafío al Estado.

Ésa es, en buena cuenta, la visión que nos ofrece el liberalismo económico, llegando incluso a sugerir algunos de sus más entusiastas apologistas que los patrones, en su afán por obtener quien les ayude, ofrecerán participación en los beneficios y en la gestión de las empresas y que será, también, bastante fácil autoemplearse con perspectivas muy razonables de éxito. Ésta es, también, la visión que nos ofrece aquella excentricidad ideológica no muy querida por griegos ni por troyanos llamada, según el caso, "liberalismo social" (Eligio Ayala), "socialismo de mercado" (Diego Guerrero) o "radicalismo" (Eric J. Hobswam) (3) que, varius multiplex multiformis, sostiene, básicamente, que "la mano invisible" puede, efectivamente, actuar beneficiando a todos una vez que se realicen determinadas reformas iniciales (generalmente a la propiedad inmobiliaria o financiera, o a ambas) y que, dentro del anarquismo, se halla representada por la tendencia individualista iniciada por Josiah Warren e intelectualmente más viva de lo que pudiera creerse (4).

Como bien hacen notar Gidé y Rist en su monumental Historia de las doctrinas económicas, una característica compartida por marxistas y liberales es "la indiferencia por los periodos de transición". Bien puede decirse que ambos son sistemas futuristas. Habrá que atravesar el desierto (o, más prosaicamente, la "zona del dolor") para alcanzar la tierra prometida. Los marxistas dejan para el futuro la libertad, la libertad individual, amplia, irrestricta, soberana. Los liberales dejan para el futuro la igualdad o, si se prefiere, el respeto al trabajador. A la larga, llegaremos ahí pero el tema es, aún suponiendo que tales resultados se vayan a obtener con una seguridad absoluta, ¿en cuánto tiempo y cómo atravesarán el desierto quienes se encuentren en una situación más desventajosa ya que es evidente, también, que, en un primer momento, las condiciones laborales no mejorarán -para decirlo de una manera suave- y probablemente existan otros problemas como la quiebra de industrias nacionales ante la competencia de la importación desenfrenada o la suba de ciertos productos, por ejemplo, ante la supresión de subsidios o al orientarse hacia un consumidor más pudiente? Sabemos, señores liberales, que todo eso, si se llega a dar, "será transitorio". Sí, pero, ¿qué tan transitorio? Pues en el tránsito de unos pocos años hay quienes pueden perderlo todo y, cuando digo "todo", quiero decir "todo", incluso la vida. "A la larga, todos muertos" se cuenta que dijo lord Keynes, la mayor "bestia negra" del liberalismo después de Marx, pero, en este caso, lo que importa no es tanto el largo como el corto plazo. ¿Es aceptable una política que sostenga que "los sobrevivientes vivirán en el más perfecto de los mundos"?

En algún momento, los escenarios robinsonianos y los "supongamos que..." deben ceder el paso a la investigación empírica y al contraste con los datos. ¿Podrían las herramientas de la econometría y la estadística ayudarnos en este caso? Tomemos los datos de un país X -Paraguay, por ejemplo- con una Población Económicamente Activa de tantos millones de personas, de los cuales tantos son profesionales y mano de obra calificada y tantos otros no y tantos están desempleados, con tantos millones de hogares y tantos millones de niños, ancianos, minusválidos o enfermos que mantener... Si el día de mañana fuesen suprimidas todas las trabas a la libre empresa, incluyendo las leyes laborales (como la obligatoriedad del aviso anticipado -absurdamente llamado "preaviso"- en caso de despido o la indemnización por tal motivo) o el derecho de huelga o la contratación colectiva... Si todo esto ocurriera, digo, ¿se puede calcular qué monto de inversiones se necesitaría o cuántos puestos de trabajo deberían crearse para que la situación del trabajador no empeore y también para que comience, aunque sea muy lentamente, a mejorar? Téngase en cuenta que es al peón, al trabajador no calificado, a quien hay que tomar como patrón (mil disculpas) de medida pues es el trabajador cuyos salarios son más bajos, ya que realiza tareas que requieren poco o ningún entrenamiento y por que los trabajadores calificados que no encuentran ocupación en su campo tienden a caer en esta categoría. Si el peón es tratado con un mínimo de respeto y dignidad, podemos suponer que los demás trabajadores también lo serán. ¿Se puede realizar este cálculo, considerando, además, que, si aumentan las inversiones y los puestos de trabajo, esto atraerá corrientes migratorias que, a su vez, aumentarán la competencia entre trabajadores "jalando" los salarios hacia abajo? Esto quiere decir que harán falta varias dosis de refuerzo. ¿Se puede realizar este cálculo? Yo creo que sí, aunque no posea las herramientas necesarias para ello y, si se puede realizar, se puede cerrar la discusión acerca de la viabilidad de la política económica liberal, por lo menos de la política económica liberal químicamente pura. Y lo mismo se aplica al "radicalismo" en sus múltiples variantes, incluída la del anarcoindividualismo.

Habrá quien diga que esa visión de un capitalismo civilizado y decente ("de un capitalismo que está dejando de serlo" dirá alguno) ha comenzado ya a realizarse y aquí hay que, hacer, nuevamente, un pequeño -y esperemos que último- giro hacia la derecha para reconocer la verdad de esa "cosa obstinada" que son los hechos. La verdad es que hoy es bastante difícil que un obrero muera de hambre o de frío en Estados Unidos, Canadá, Oceanía, Europa o Japón, es decir en el mundo capitalista avanzado. Incluso es difícil que, en ese mundo, algo así le ocurra a un vagabundo o a un mendigo. Esto es un hecho de la misma magnitud que aquel de que Cristóbal Colón llegó a América el 12 de octubre de 1492. Un hecho. Negarlo es absurdo. No seré yo quien diga que aquella sociedad es perfecta o el País de Jauja, lo que digo es simplemente que: a) Sustentar la crítica al capitalismo única o principalmente en el argumento de la pobreza se encuentra con ese escollo "a la derecha" del mismo modo que, "a la izquierda", se encuentra con el escollo de que existen otros posibles argumentos críticos igual de fuertes (de hecho, como se sabe por lo menos desde los años 70, puede que, en el futuro, el problema sea más la opulencia que la pobreza) (5) y b) Que, nos guste o no -y aunque perturbe nuestra imaginación romántica llena de banderas rojas y negras y de los compases de La internacional o A las barricadas-, el capitalismo ha demostrado cierta capacidad de autocorrección y, si se pudo autocorregir en el punto X, no hay por qué descartar que pueda hacerlo en los puntos Y o Z. Si esto fuera así, el cambio social llegaría por evolución y no por revolución (¿aunque no habrían influido en ello los revolucionarios de todos modos?) y lo trágico del caso radicaría en la diferencia entre el tiempo histórico y el tiempo de una vida humana, en la suerte de aquellos que, como dije antes, murieron atravesando el desierto (6).

Cabe preguntarse en este punto si en las sociedades capitalistas avanzadas existe aún la lucha de clases, la "cuestión social", o si ése es un problema definitivamente superado y estas sociedades presentan otros problemas totalmente distintos. Evidentemente, en estas sociedades la situación del trabajador de a pie (hablo del trabajador legal) es bastante menos penosa que en las otras y el mismo posee bastantes garantías frente a la precariedad absoluta. Una de las dos condiciones de la extorsión, necesidad extrema, no parece existir. Sin embargo, sobre todo a medida que pasan los años y que el trabajador envejece, sus opciones disminuyen y su situación sigue pareciéndose a la de alguien que tiene que elegir entre lo mismo y lo mismo, con la única diferencia (que, sin embargo, tampoco puede decirse que no sea nada) de que ese "lo mismo" le servirá para un poco más que simplemente recuperar fuerzas para el día siguiente. Tendrá algunas comodidades con las que, como dice Mercier-Vega, "jugará al burgués" pero ese juego será un mecanismo de evasión, una suerte de droga para olvidar el hecho de que, aunque teóricamente sea libre, permanece anclado a su situación social y condenado a la dependencia. Si sus opciones son limitadas, sigue siendo víctima de extorsión, aunque el precio de rechazarla sea un poco menos caro (pasar a depender de la beneficiencia pública, eufemísticamente llamada "servicios sociales del Estado del bienestar" para cobrar el seguro de desempleo, por ejemplo). Y lo peor del caso sigue si cambiar: El hecho de que Jacob, a fin de cuentas, entrega algo externo mientras que Esaú entrega algo suyo, se entrega a sí mismo, del mismo modo que el trabajador. Una hora de trabajo es una hora de vida y todo hombre tiene una sola vida. Permanece así un malestar más sordo, más atenuado, que sólo emerge en situaciones de crisis.

Puede, obviamente, que esta "mejora dentro de lo malo" sea el primer paso hacia "lo bueno". Pero puede, también, que éste sea el máximo grado de autocorrección del que es capaz el capitalismo, que sus posibilidades de mejora hayan alcanzado el tope. Si así fuera, si el capitalismo no fuese capaz de realizar dentro de sí mismo nuevas y grandes transformaciones, entonces me parece casi indudable que el sistema está condenado y que puede arrastar a toda la civilización y a la especie a la catástrofe y la barbarie. Y eso no por que el sistema sea injusto o violento. El ser humano, llevado por su instinto de supervivencia, puede soportar mucha ignominia. La esclavitud o el vasallaje subsistieron durante miles y decenas de miles de años. Pero todo sistema debe ser funcional y sostenible. En ese caso, la opción verdadera sería socialismo libertario o barbarie, pues el socialismo autoritario ya demostró, sobradamente, su incapacidad. Las dificultades del socialismo libertario en cualquiera de sus vertientes (incluyendo el individualismo) las conocemos de sobra pero el caso es que el socialismo libertario tendrá que ser cuando el capitalismo ya no pueda ser, del mismo modo que los naufragos de una balsa dejan atrás sus rencillas y dicen "o unidos o hundidos"... Salvo, claro está, que, ante la amenaza de esas mismas fuerzas, el capitalismo logre una colosal y gigantesca autocorrección.

En todo caso, éste es otro tema, si Jacob terminará conduciéndose a sí mismo al abismo y, con él, a Esaú, a Ismael, a las 12 tribus y a toda la estirpe de Adán. El modesto objetivo de este trabajo no es anticipar el futuro sino describir el presente, demostrar cómo, en un marco de igualdad ante la ley y libertad negativa, la extorsión violenta no sólo puede subsistir sino que también puede proliferar disfrazada de transacción pacífica, describir cómo el mercado en general y el mercado laboral en particular puede ser -y, de hecho, con demasiada frecuencia es- algo muy parecido a una guerra o, mejor dicho, a un asalto. Si alguna vez esto cambiará, si Esaú logrará liberarse de Jacob o si Jacob comenzará a portarse bien es, como ya dije, otro tema. Para terminar con las imágenes bíblicas, ésta, como escribió Jorge Luís Borges, "es la historia de Caín, que sigue matando a Abel", mientras que Pilatos, de acuerdo a su proverbial e inveterada costumbre...


(1) Es obvio que un patrón puede tener -y de hecho, muchas veces tiene- cierto margen de maniobra y un patrón con ciertos escrúpulos podrá pagar salarios más decentes que la media si la encuentra demasiado baja. Sin embargo, está claro también que, en la medida en que la competencia se haga más fuerte y despiadada, procurará abaratar costos y, en ausencia de restricciones legales o de otro tipo, uno de los costos más fáciles de abaratar es el del trabajo, sobre todo el del trabajo no calificado. Salvo, claro está, que la competencia por la mano de obra suba o, por lo menos, mantenga en el mismo nivel los salarios. Pero, ¿de qué magnitud debe ser esta competencia para equilibrar esa otra fuerza tan poderosa? Pero nos estamos adelantando en este punto. Ya llegaremos.

(2) El término "economía de mercado sin capitalismo" utilizado a veces por los adeptos del radicalismo -del que hablaremos después- expresa esta idea (alguien, alguna vez, habló, medio en serio medio en broma, de "capitalismo sin capitalistas").

(3) Eligio Ayala la llama así en su trabajo Migraciones; Diego Guerrero, en su Historia del pensamiento económico heterodoxo y Eric J. Hobswam en su Trabajadores. Estudios de historia de la clase obrera.

(4) Creo que es importante señalar las diferencias fundamentales de esta postura con respecto al liberalismo, del cual es una especie de herejía: a) En su análisis de la sociedad tal como es -incluso bajo un sistema "corporativo", "mercantilista" o "intervencionista"- el liberalismo sostiene que la iniciativa privada guiada por el afán de lucro sigue siendo, fundamentalmente, benéfica para todos, aun cuando la acción estatal la entorpezca, es decir que "la mano invisible" siempre actúa, mientras que el radicalismo acepta que adquiere, con mucha frecuencia, un carácter antisocial y destructivo (en este punto, pueden existir liberales que se acerquen a la postura radical) y b) En su propuesta, el liberalismo elimina las trabas a la libre empresa y mantiene la institución de la propiedad tal como es hoy, incólume y aún aumentando sus prerrogativas, mientras que el radicalismo aplica algún tipo de reforma, bien sustituyendo, en el caso de los inmuebles, la "propiedad lockeana" por la "posesión proudhoniana" o bien reformando de algún modo el mundo de las finanzas o de la propiedad intelectual (algunos liberales están de acuerdo con esto último). Fuera del anarquismo individualista de Warren y sus discípulos, la tendencia del radicalismo, liberalismo social o socialismo de mercado está representada, hasta donde sé, por los "socialistas ricardianos" británicos William Thompson y Thomas Hodgskyn, por el alemán Franz Oppenheimer, por el norteamericano Henry George (hoy casi olvidado y, sin embargo, en su tiempo un autor enormemente exitoso) y por el germanoargentino Silvio Gesell. El propio Proudhon se acerca a veces a esta postura y tengo entendido que también John Stuart Mill.

(5) Salvo, naturalmente, que se demuestre que, dentro del capitalismo, ese bienestar no puede extenderse a toda la población mundial o que es precario y está permanentemente amenazado o ambas cosas.

(6) Aunque es, sin duda, un tema importante, desde el punto de vista de este trabajo es irrelevante si el mérito de esa autocorrección corresponde a "la mano invisible" del mercado o a la muy visible del Estado del bienestar. Se trate de capitalismo liberal o de capitalismo socialdemócrata, en cualquiera de los dos casos sigue siendo capitalismo, pues la mayor parte de la economía está manejada por empresas privadas movidas por el afán de lucro.


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publicado por tsekub a las 10:26 · 3 Comentarios  ·  Recomendar
 
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Comentarios (3) ·  Enviar comentario
Probando.
publicado por Tsekub, el 20.03.2012 12:03
El 95% de la clase trabajadora no tiene capacidad para organizar la producción. En realidad, prefieren ser asalariados. Las pocas veces que la clase trabajadora ha tenido la propiedad y el control en sus manos, o quiebran, o el gobierno y la burocracia entran a rescatarlos, o el 5% de trabajadores capaces se convierte en los nuevos dueños y patrones. Por todo ello, el socialismo libertario no puede funcionar bien más allá de unos meses (el tiempo que tarden en agotar la riqueza producida antes).

Ya existe esa "gigantesca y colosal autocorrección del capitalismo": se llama anarcocapitalismo. Es lo único que puede evitar que el mundo se hunda o que terminemos en manos de minorías y burocracias despóticas. Por desgracia el anarcocapitalismo es sólo teoría. Dudo que pueda empezar a existir mientras no se desintegren los estados nacionales.
publicado por william gilmore, el 01.04.2012 22:54
No veo cómo. Es necesario no sólo elevar el nivel de vida de las masas del Tercer Mundo sino, a la vez, reconvertir la tecnología a formas no agresivas, de bajo o nulo impacto ambiental. Ambas cosas juntas. ¿Cómo lo logra la mano invisible?
publicado por Tsekub, el 13.04.2012 17:54
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